viernes, 5 de enero de 2007

La vista del pequeño no paraba de agitar, al ver tan ágil criatura que volaba de aquí a allá, con movimientos rápidos, exhibiendo con elegancia sus colores que del arco iris había pedido prestado, fascinando mientras libaba las hermosas flores del tranquilo jardín.
Con un brusco impulso, tomó el niño una piedra, y lanzó con arrebato hacia el pequeño picaflor, que tocado por tal objeto de la sinrazón cayó al pasto con un profundo dolor.
Se acercó el travieso párvulo a mirar su hazaña, pero cuando tomó en sus manos el cuerpo tibio del pequeño pajarito, presintió que la belleza se acababa de transformar en tristeza.
Caminó llevando a su víctima con suma delicadeza, entregando toda la compasión que solo la inocencia puede dar, acarició el bello plumaje dándole un ósculo tan puro como ignorante de ser el causante de la quietud del desdichado ser.
Con hastío precoz, miró al colibrí, y en un deseo de feliz pasado, lanzo a los aires al ave, esperando que repitiera el magnífico vuelo que lo había deslumbrado, el cuerpecito del tente del aire, siguió la leyes de la gravedad, y volvió a caer inerte, esto dio sensación de desconsuelo al causante, que en unos minutos comprendió que la muerte causada es un error irreparable, sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón aprendió el dolor por pérdida, y su alma entrego la piedad, con gran cuidado tomó nuevamente al inerte animalito, y le construyó un sepulcro digno de rey, que supo ser en el espacio del pasible jardín.
Terminado su duelo, corrió tras una mariposa que con irregular vuelo, penetraba en los dominios del rapaz humano.

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