viernes, 16 de febrero de 2007

Ayer vi a un hombre llorando en una cabina de teléfono, su grito fue de desesperación, mi sentir de desconsuelo, que drama inmenso arrastró a esa alma a perder la cabeza , que dolor inimaginable, dejó escapar el llanto entre desconocidos, encerrado en una cabina donde nadie pudiera consolarlo, que maldito destino le abría tocado , que amor acababa de ser herido y ese ser se lamentaba de impotencia.

Miré pasar la gente arrastrando su cruz , abrazada a la esperanza, huyendo a las lágrimas del extraño, que poco calvario para el que su desgracia no le arranca lágrimas ni gritos, que poca miseria, para quien ya tiene seco el cilicio en el alma.

Mis ojos encontraron a un espíritu que apartó por un momento su desvelo, su lucha por no envejecer con el tiempo, alguien que dejó su egoísmo en sala de espera, y le dió la mirada mas suave y tierna, que existía en ese momento en la sucia ciudad, con que tan poco de un lado, y con que generosidad, fue beneficiado el dueño del lamento, dejó abrir la puerta, agachó la cabeza, y la anciana señora, acarició los cabellos del desdichado , después de recibir tal bendición, se fue, y yo supe que jamás ese ser estaría solo, su dolor y la compasión, lo vestirán hasta la muerte.

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